De Atocha a Chamartín

Blog de Deportes, Opinión y vivencias personales de Jaime Fresno

Sergio y la Chaqueta justiciera

Sergio García con la Chaqueta Verde y el trofeo que le acredita como campeón del Masters de Augusta / THE MASTERS TOURNAMENT

 

Hay algo malévolo en la atmósfera mágica del Augusta National,  el campo de ensueño de Georgia cuidado por un ejército de jardineros desde 1933, la única sede fija de un torneo major, el único Grand Slam sin el formato Open, el de la exclusiva Chaqueta Verde que distingue al campeón y a sus selectos socios. Malévolo porque puedes perder haciendo las cosas muy bien, y lo haces dentro de una postal preciosa, rodeado de flores y plantas cuidadas como si de un jardín versallesco se tratara. Es el panorama que rodea a Sergio García cuando se dirige al hoyo 10, empatado a ocho bajo par con su amigo y compañero de quinta, Justin Rose, que sí sabe lo que es ganar un grande, el Us Open de 2013, y que, por ello no parece perseguido por la maldición.

Sergio, sí. Ha ganado el Players, el Byron Nelson, el Westchester Classic, el Booz Allen Classic, hasta nueve torneos del PGA Tour, doce en el circuito europeo…; ha sido 18 semanas número 2 del mundo, ha ganado cinco veces la Ryder Cup con un excelente saldo individual…; y ha firmado 22 top ten en los grandes, siendo cuatro veces segundo, como aquella vez que dominó de cabo a rabo el Open Británico para acabar perdiendo la Jarra de Plata con Harrington en el desempate. Así que, cuando Sergio está en el tee del 10, todos los fantasmas están reunidos: dicen que el Masters empieza en los últimos nueve hoyos del domingo, hablan de que el Amen Corner, la endiablada esquina que forman los hoyos 10, 11 y 12, hunde o entroniza a cualquiera; y citan como un mantra que tú, chico de Borriol, no soportas la presión…Y además, Justin, tu amigo británico nacido en Johannesburgo, está jugando un golf endiablado: birdie al 6, al 7, al 8; par en el 9. Sin perder una calle, putteando firme, manejando el wedge como los ángeles para compensar su menor pegada desde los tees. Justin no falla y, en España, los que se han enganchado al twitter de forma ocasional, preparan el enésimo retrato del Niño incapaz de responder a la presión, como si en todos los torneos citados ésta no existiese.

En efecto, parece que a Sergio se le viene Augusta encima en el 10, un par 4 donde hace bogey y corta una racha de 18 hoyos exactos cumpliendo o derrotando al campo. Rose hace el par, y atrapa el liderato en solitario. Llega el hoyo 11, otro par 4, y Sergio no encuentra calle, sólo árboles y rough –hierba alta-. Otro bogey. El Amen Corner, la esquina donde sólo vale rezar, cuenta la leyenda, hace de las suyas. Y Justin, de apellido Rose, el mejor posible para jugar en un jardín mágico, abre brecha cumpliendo con el par. Son dos golpes arriba para el británico y, por si fuera poco, por detrás, Matt Kuchar le atosiga a un solo impacto, tras dejar pasmados a todos con un hoyo en uno en el 16, y Thomas Pieters le ha igualado a -6, con una secuencia de cuatro birdies consecutivos, entre los rugidos de Augusta. Más presión.

 

Entonces, tras cortar la hemorragia con un par en el 12, Sergio recupera el pulso y vuelve poco a poco a su ser, tras tributar un +2  en su paso por el maldito Amen Corner. Y en ésas llega al momento crítico del hoyo 13: García se va otra vez a los árboles, lo penalizan por dropar, y la situación recuerda a las que solía salvar Severiano Ballesteros, en quien Sergio empieza a pensar como guía, precisamente el día en que el cántabro hubiese cumplido 60 años. También, el que él ha elegido para ganar el Masters. A ello se pone: salva el par, mientras  Justin Rose, que  ha llegado a chipear para eagle desde el antegreen, yerra un birdie relativamente fácil y mantiene abierto el torneo. “¡Uff! Esto sigue. Quedan cinco hoyos”, pensamos todos, sin que sospechemos nada sobre la maravillosa pelea que está por venir, la que entrará en la leyenda del Masters.

 

Sergio dirá después que no llegó a perder la concentración: “Sentí hoy la calma que nunca he sentido en un domingo de un grande”. Y es ahí,camino del hoyo 14, cuando presentará las pruebas, haciendo un birdie para situarse a un golpe de Rose. Vuelve a jugar fino. Y cuando llega al 15, traspasa el umbral de la genialidad con un eagle que lo devuelve al coliderato. Ruge Augusta cuando los dos aspirantes caminan hacia el hoyo 16, empatados a -9, sin nadie que se entrometa ya en la pelea. Y de nuevo, llega otro giro: birdie de Rose, par de Sergio, tras errar un putt muy sencillo; en apariencia, claro. Munición para los tuiteros, empapados de la leyenda negra del chico. Tienen tiempo de teclear, mientras el partido de los líderes camina hacia el tee del 17. Pero allí, la atmósfera malévola de Augusta achica a Rose, que visita el búnker y no puede con el par 4. Bogey en el peor momento para el británico, y Sergio que restablece la igualdad tras perdonar el birdie que lo hubiese metido líder en el 18. El Masters en plena ebullición.

40.000 personas ya se agolpan en torno al green decisivo, que Sergio alcanza con un maravilloso segundo golpe, tan fino como está con los hierros. Pero queda el putt final. Es un tiro corto, pero también es un green de Augusta, no hay que olvidarlo jamás. Y lo falla, mientras Rose  salva los muebles con dos putts, y el twitter patrio maldice el fallo de Sergio y ni se pregunta por cómo será el desempate. Pero el chico de 37 años no ha perdido. Y habrá play-off  porque no hay derrotado; y  porque el juego de ambos es maravilloso.

 

Vuelven al 18 para jugarse el Masters. Y vuelven los recuerdos de aquel 2007, cuando en las mismas se fue un Open Británico al limbo en las parameras de Carnoustie, Escocia. Pero Sergio actúa ya con otra determinación: toma calle sin problemas, mientras Rose visita de nuevo el bosque. Y con el wedge, coloca la bola a doce pies del hoyo, lista para el birdie ganador. Todo lo contrario que Rose, cuyo tiro es para salvar el par.

Golpe de torneo para el Niño grande. Se hace la calma chicha en Augusta, hasta que la bola de Sergio encorbata el hoyo y cae dentro. Y con ella 18 años de maldición. 18 años siendo el mejor jugador del mundo sin un grande. 18 años desde aquel mágico golpe ciego para sortear un árbol en el Open de la PGA, en plena refriega por el título con Tiger Woods. 18 años persiguiendo la sombra de su querido Seve, que lo ha guiado por el jardín que conquistó en 1980 y 1983. Y 18 años desde que su admirado Olazábal salió triunfador de aquella batalla extraordinaria ante Greg Norman, en aquel 1999 en que él ganó en Augusta como amateur y se lanzó a perseguir un objetivo extrañamente esquivo. Hasta que Danny Willet le acomodó sonriente la Chaqueta Verde en la Casa Club, la prenda más justiciera del planeta.

 

Danny Willet, ganador del Masters en 2016, coloca la preciada Chaqueta Verde a Sergio García / THE MASTERS TOURNAMENT

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