La Gitanilla de la Cruz de Mayo

 

“Hay más emoción, realismo, intriga, violencia e interés en una novela de amor que en la mayoría de las películas de suspense.” SIR ALFRED HITCHCOCK

“Hay más emoción, realismo, intriga, violencia e interés en una novela de amor que en la mayoría de las películas de suspense.” SIR ALFRED HITCHCOCK

 

Pedro ‘El Bizco’ hablaba de cantería mientras subíamos a la Tejera por la calle del Berrocal. Decía que por allí debía de pasar la ferrovía que utilizaba el tren que llevaba la piedra hasta la estación de Collado Villalba, el pórfido que se extraía allá por la Dehesa Nueva y Peña Cardín, donde estaba la tolva, y que luego iba a la estación de descarga de Navafría. Pedro, todo melancolía, el rictus torcido en una mueca difícil de descifrar, contaba que todo empezó a irse al carajo más o menos por los años setenta, cuando los talleres canteros empezaron a quedarse vacíos y aquel trenecillo de vía estrecha quedó en el recuerdo. Y aquello ya no había quien lo parara:

– Ya verás ahora cuando lleguemos al parque, Jaime –prosiguió-. Sí, estará la Cruz de Mayo a la entrada y todo lo que tú quieras, habrá mucha gente, el ambiente será animado, habrá buenas viandas… Pero ya no estará ese espíritu cantero de aquellos años, cuando los jefes invitaban a merendar a los canteros, que iban con sus niños, incluso con chavalotes hechos y derechos que ya trabajaban la piedra con ellos….

– Pero las familias y las viandas siguen en la Cruz, eso se ve cada 3 de mayo –tercié-.

– Ya, sí… ¡Y también la Misa con el mismo cura! ¡No fastidies, hombre! Ahora las tortillas son de huevos de gallina, del supermercado ése de la carretera de Cerceda. Van, compran la docena, y a funcionar. Ya no son huevos de codorniz que vayan a coger los muchachos a los nidos del Cerro, después de una trepada y de arañarse bien las manos. Ahora todo viene más… ¿cómo te diría? –se detuvo, haciendo ademán de pedir calma con la mano-. Todo es más como de fábrica, más artificial, con esos cacharros de plástico. ¡Y encima sin esos manteles de tela a cuadros que había entonces, y soltando cada vez más gilipolleces! – terminó por zanjar.

A Pedro ‘El Bizco’ lo encorajinaba tanto su ejercicio de memoria que su ojo maltrecho parecía cobrar vida y coordinarse con el bueno, como en los viejos tiempos en que ambos formaban una pareja bien avenida. O al menos eso me parecía cuando, sin apenas darnos cuenta,  ya estábamos atravesando el arco de entrada al Parque de la Tejera, hasta tal punto nos habíamos imbuido en la charla.

El verde praderío se abrió ante nosotros bañado por un sol Poniente que refulgía a más no poder, con sus rayos abriéndose paso entre dos grandes nubes con forma de algodón, y lo suficientemente lejanas como para no nublar la tarde en un buen rato. Al espectáculo primaveral contribuía el colorido de la flores, el gentío repartido por las sombras de los árboles, el humo de las barbacoas, los jinetes de la Romería, los niños jugando al balón, montando en bicicleta… Hacía años que no iba al Parque de la Tejera por la Cruz de Mayo y, aprovechando que Pedro saludaba a unos paisanos, me detuve a admirarla, con sus retamas floreadas, allí, expuesta a modo de paso de Semana Santa, dominando la escena.

 

Fue entonces cuando vi una silueta de mujer, difuminada por los rayos de sol, pero fácilmente distinguible en su esbeltez. Venía hacia mí, con paso decidido, aparentando prisa, y al pasar a zona de sombra, súbitamente, se me reveló su rostro, en el que destacaban sobremanera dos ojos cuya profundidad me era conocida, pese a que apenas me escrutaron de soslayo. Fue un instante, apenas unas décimas de segundo, pero lo suficiente para que esos dos ojos negros me sumieran en un extraño aturdimiento. A la que reaccioné, eché una mirada panorámica al parque y caí en la cuenta de que Pedro ya no mantenía aquella charla con los paisanos. Me apresuré a moverme entre el gentío para ir en su busca, pero pronto volvió a asaltarme el recuerdo de aquella mirada fugaz, profunda y certera, tan reciente como estaba. Me detuve para sentarme a la sombra de un fresno, y descubrí que estaba agitado y sudado, en un estado anormalmente nervioso. Recosté la cabeza en el tronco del árbol, estiré las piernas y resoplé hasta que acompasé la respiración y logré bajar las pulsaciones. Fue entonces cuando me asaltó de nuevo la imagen de esos ojos cuyas pupilas parecieran flechas capaces de traspasarte hasta lo más hondo, unos ojos de un negro azabache si no de reminiscencias árabes, sí al menos del Sur de España. Ojos misteriosos, en cualquier caso. Ojos que me permitieron recordar y asociar de golpe: era ella, la gitanilla que veía en los recreos del San Miguel Arcángel, la que me miraba con el gesto travieso que distingue a las niñas en trance de ser adolescentes, cuando deciden admirar a un chico mayor.

Sí: era ella. Tenía que ser ella. De otro modo no podría explicar esa rápida asociación entre dos imágenes, una real y otra estampada en la memoria, las dos separadas por 25 años. La gitanilla estaba en la Cruz de Mayo, y el efecto operado en mí invitaba a pensar en que todo su poder hechicero permanecía inalterable en el tiempo. Un poder que emanaba de una mirada curiosa y desenfadada, juguetona, hasta insolente. Una mirada que me escrutaba con aire colegial, amparada en una belleza fuera de lo común. Recuerdo que a veces estaba jugando al fútbol en el patio y, al ir a buscar el balón hacia el enlosado donde las niñas jugaban a la goma, notaba sus ojos fijos en mí, los viera o no. Si nuestras miradas coincidían, ella se vencía antes y seguía a lo que estuviera haciendo, pero cuando yo jugaba a no mirar, una sensación inexplicable me decía que sus ojos se me clavaban secretos, casi a traición.

Algo parecido sucedió una vez en la Misa de los niños, un domingo que quizá fuera el día en que más admiré su belleza, y el que más nos aguantamos la mirada. Vi  aquellos ojos formando con la nariz el triángulo perfecto; vi el ligero saliente de sus pómulos, en impecable armonía con lo anterior, y el hoyuelo gracioso de su mentón derecho ayudando a una expresión general que parecía pedir que me acercara. Y cuando ella se volvió sin obtener –creo- respuesta, admiré a bocajarro su larga melena oscura, de una frondosidad apenas domada por el cepillo de alisar pero que, a pesar de ello, tenía el acabado perfecto de sus puntas, unidas en una curva cuidada sobre el final de la espalda, haciendo contrastar el cabello negro sobre el vestido blanco. Contemplar aquello mientras se daba lectura al Evangelio según San Marcos, seguramente tras persignarse como Dios no nos dio a entender, o al escuchar la homilía vehemente del párroco, quizá fuera una experiencia de las que caben en el baúl de las chiquilladas. Su recuerdo me hizo sonreír bajo la sombra de aquel fresno al que el viento, ya a esa hora de la tarde, batía las ramas hasta componer un plácido murmullo que solapaba la algarabía proveniente de la parte más concurrida de la pradera.

Estaba en paz y no me acordaba de que se me había perdido Pedro ‘El Bizco’, con sus historias sobre cantería. Sí recordaba cada vez con más nitidez mis episodios con la gitanilla, todos de un corte similar a los ya referidos, menos uno: fue en unas fiestas patronales, bajo la lluvia de septiembre que amontonaba a la gente bajo la carpa de la plaza. Estuvimos muy cerca, tanto que casi nos tocábamos, mientras la orquesta interpretaba de forma bastante correcta una canción de Queen. Ella con la misma mirada sugerente de siempre, los ojos encendidos en su negrura, con esa media sonrisa de admisión que me dejaba en estado de estupefacción. Recuerdo el instante como la vez que más cerca estuvimos de hablar, tanto como que años después aprendí, al fin, que ella ya lo había dicho todo con el devastador lenguaje de sus ojos, que quizá bastara con tomarla de la mano y llevarla a dar una vuelta por el Tarambana para dar un giro radical a la vida, a nuestras vidas. Recuerdo que mis amigos supieron aquella noche de la gitanilla y me insistieron en decenas de planes a ejecutar, casi ninguno acorde con la historia de reminiscencias becquerianas que nos precedía. Ahora, recostado bajo un fresno, en el día de la Cruz de Mayo, todo aquello me asaltaba en tropel para decirme que me equivoqué al no corresponder a la gitanilla, víctima de esa prepotencia adolescente que crea la falsa ilusión de que uno puede administrar los tiempos a su antojo, porque es mayor, se declara como ser admirado y tiene toda la vida por delante para seguir siéndolo. Y porque además cree tener otras cosas mejores que hacer. Craso error.

Sumido en ese pensamiento de autoflagelación, me descubrí de nuevo agitado bajo el árbol, y entonces supe que me había dormido y que casi todo mi ejercicio retrospectivo se había desarrollado en el terreno de los sueños. Habían pasado un par de horas desde que Pedro y yo llegamos a la Tejera, y el sol Poniente empezaba a querer esconderse tras el Cerro de Telégrafos. Mas aún había bastante gente que se resistía a acabar su fiesta de la Cruz de Mayo, y estiraba la tarde entre animadas conversaciones, juegos de niños, relajados paseos e incluso besos furtivos entre parejas que se habían buscado un apartadero similar al mío. Me levanté como un personaje extraño en todo ese panorama. Tenía mucha sed y me dirigí hacia la fuente de la entrada, esperando ver a Pedro de camino. Hacia la ermita, distinguí su corpachón, inconfundible con el chaleco marrón ceñido, además de la vara de la que era inseparable y que blandía con firmeza en su mano derecha. Localizado Pedro, decidí ir a beber antes de acudir al reencuentro, con la esperanza de tener tiempo de componer una buena excusa que justificara mi extraña desaparición. Mientras me acercaba a la fuente, vi a unos metros cómo un chico, al que calculé más o menos mi edad, se inclinaba para besar a una chica que, tumbada boca abajo sobre un mantelito a cuadros, se sostenía sobre los codos para mantener su cabeza a una altura que facilitara la maniobra. Me detuve un instante para seguir la escena subrepticiamente, hasta ver que ella se levantaba dándome la espalda y se abrazaba acaloradamente a su pareja, hasta el punto de girar varias veces sobre sí mismos, como en las películas en las que hay reencuentros en los andenes de las estaciones. Entonces, tras uno de los giros, ella se quedó mirando hacia mí, la cabeza posada sobre el hombro del otro, y supe de inmediato quién era, aunque sus ojos quedaran esta vez fijos en un punto indeterminado, que yo imaginé situado en una galaxia muy lejana.

Pero, ¡qué más daba! Ahí estaba la gitanilla otra vez, veintitantos años más mayor, más mujer, pudiera ser que aún más bella, y operando en mí el mismo efecto de siempre. De inmediato di la espalda a la escena. Mis recuerdos, mis sueños de aquella tarde, me habían revelado quién era ella, y ya no era el flash indeterminado de primera hora de la tarde. Tenía miedo a enfrentarla ahora que había repasado nuestros episodios más memorables, tenía pánico a golpearme de nuevo en la certeza de haber cometido un error, un grave error de juventud.

Al fin alcancé la fuente. Me agaché, puse la palma bajo el caño, y me refresqué la nuca y las sienes, antes de beber varios tragos con un deleite cercano al ansia. El frío del agua me devolvió a un estado de relativa normalidad, suficiente como para volver a pensar en ir al encuentro de Pedro ‘El Bizco’, y suficiente para escuchar con naturalidad la voz que a mi espalda me preguntaba por si había ya terminado. Al girarme para decir que sí, la vi de nuevo cerca, casi tan cerca como aquella noche en la carpa de las Fiestas, pero esta vez hablándome, aunque fuera para pedir vez. Allí estaba la gitanilla hecha mujer, con sus vaqueros moldeando su esbelta figura, y una blusa de franela beige, abierta hasta dejar ver el encuentro del pecho con un cuello largo, cuya única razón de existencia pareciera exclusivamente la de unir las dos partes más bellas del Universo. Pero esta  vez algo se distinguía de los sueños de aquella tarde, y era la mirada: hueca, insensible, indiferente. Sólo fue un instante, apenas un suspiro, pero alcanzó un registro de crudeza demoledor. “¿Has terminado ya?”.

Me alejé de la fuente sin mirar atrás, sin rumbo y con una especie de sentimiento de culpa de difícil digestión. Todo el parque me parecía el escenario de una broma pesada, y a todas las personas con las que me cruzaba les creía actores contratados para dar más realismo a mi particular ópera bufa. Un golpe en la espalda me sacó del embotamiento. Era Pedro:

– ¡Qué! ¿Guapa la chica, a qué sí? –soltó con ánimo jocoso y sin encontrar reacción alguna por mi parte-. Chico, es que te he visto y has salido como huyendo. Seguro que si te pilla hace unos años le hubieras dicho algo, ¿a qué sí?

– Puede que sí.

-Yo, desde luego, no lo dudaría. Teniendo la edad para hacerlo, claro. Los trenes se cogen en el momento,¿sabes?

– Siempre que no desaparezcan, como el del Berrocal –repuse-.

– O que sepas dónde ir y compres el billete, ¡no te jode!

Pedro lo dijo sin que su ojo muerto, el más cercano a mí, le dejara percatarse de que yo estaba llorando.

 

JAIME FRESNO

Abril de 2019.

 

  • Relato presentado a la edición de 2019 de los Premios Don Manuel de relato corto de Moralzarzal

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