De Atocha a Chamartín

Blog de Deportes, Opinión y vivencias personales de Jaime Fresno

LA CUEVA (Historias del Bar, capítulo 7)

 

 

 

LA CUEVA

Fueron Isa y Rodi, la salvaguarda de Gaspar, quienes me recordaron el otro día que en La Cueva eran de las pocas mujeres que paraban por ahí con devoción y, además, con vocación de quedarse. De las pocas que, desde que la Ley Antitabaco permite oler los pedos en los interiores, y hasta personalizarlos, colgando la etiqueta al culpable de escape flojo por eliminación, aguantaban mecha hasta que la moda hizo explosión en el Facebook y en el boca a boca, a golpe de torrezno y nulos principios. Sí: La Cueva era hace años demasiado para la chavala de finales de los 90 y arranque de siglo XXI, perfumada y aliñada para subir al escaparate de las discos de ‘Chiquitánchiquititantonga que tunga tan que…”, allí donde no había discusión sobre quién mandaba; era impropia para ella, que creía ser muy superior a los abuelos, desde su ventana abierta al balcón de la Sierra, sus vaqueros ajustados, su sonrisa impostada, sus Brugales de mentira y su perfume pachulí.

Ver jugar bien al dominó, ser testigo de una verdadera bronca de un compañero a otro por cerrarle los seises antes de tiempo; ver farolear de verdad al mus, el triunfo de unas 31 porque son mano, más la cara de bobo del perdedor…; escuchar las historias que construyeron Collado Villalba; saber que a Gento lo silbaba Chamartín en su primer año tras venir del Racing, porque corría la banda zocata desbocado y sin sentido; que alguien cuente el pánico que sembraba Zarra en el Metropolitano verdadero, el de Cuatro Caminos; conocer quién torea con pico y por qué; ver el cartel completo de la Feria de San Isidro colgado del corcho, en mejor sitio que el 4.087 de la Lotería de Navidad… Ver y palpar eso, era de trasnochados; si no se captaba la esencia, claro. Y no sólo eran ellas. Ellos andaban al recorrido de la salchipapa, al jajajá de a cinco pavos el cacharrazo. O al de 600 pelas, según épocas. Porque había cinco pavos o 600 pelas, claro. Incluso 25 euros  o un billete del Rey Juan Carlos morado, para pagar a quemarropa la ronda entera, más 140 trimestrales para ir al gimnasio a ligar y tirar de agua caliente para luego espetar a los de la panza: “Oye, cuídate, que te veo muy gordo. Mira yo” . Hasta que vino el factor corrector. Convengamos en que eran tiempos en los que no hacía falta La Cueva, y eso que siempre ha estado ahí, desde 1966 con padre Ernesto, y desde 1983 con Tito, entonces casi júnior.

La Cueva y su galería histórica, con la Fuente de la Reina, La Venta, La Estación, la plaza, MADE, las fincas del Pueblo, las crecidas del Guadarrama, el Grupo Escolar, las alineaciones del Avance y del Torpedo… Sus servicios alicatados de dichos y refranes populares, sus personajes. Los que yo conozco o conocí: Filuchi en su rincón que ya no existe, tras la reforma que acabó con el poyete de la entrada, allí, con su periódico y su chispazo, creo que de coñac, hundiéndose en un enigma que sólo él supo; su hermano Pasina y su sonrisa eterna, melancólica, con sus dejes comunistas y sus reverenciales píldoras sobre el Real Madrid y Di Stéfano, siempre observando de pie las partidas, sin prisa por nada; Huete, que tapaba su infusión con una servilleta y no faltaba a la cita, aun sabiéndose herido de muerte; el artista Julián, pero el de la época negra goyesca, con periódico abierto por el crucigrama autodefinido, aún sin bíter kas y con sus demonios a cuestas, todavía sin expulsar; el Mafias y sus voces, combinadas con lecciones sobre laderas que esconden níscalos y arroyos que hacen flotar corujas, mientras llega Paqui; Genaro, su admiración por padre, su trato afable, sus historias sobre los viajes del Hogar, sus idas y venidas, su pesimismo cuando el Madrid palma o va empatado, su debilidad sobrecogedora cuando equivoca o repite; el guardia jubilado, y su inquina por Benzema, su vehemencia cuartelaria, su odio al que fuma, ahora que la neblina ‘Chicago años 20’ no envuelve la Pista Central a la hora de las partidas; Soraya y Juan Carlos, siempre elegantes cuando salen del despacho y acuden a despacharse, a botellines y a arrumacos, según proceda; Susana y Jose, ella puro sentimiento y cuidado con los mayores,  y él un relaciones públicas sonriente, atento a que no le falte nada a nadie; Jose y Eugenio, que perdieron a Eduardo por el camino, y mucho más en casa, utilizando La Cueva como un refugio sin el que su vida ya no se podría concebir igual, que quizá por eso todavía pueden discutir nada más acabar un Bayern de Munich, 0; Real Madrid, 4, y convertir esa noche histórica en un duelo dialéctico tan acalorado como rutinario…O como cuando llega la Tata a dar un aviso, o Gloria a buscar a su padre recién aterrizada del tren, con Jimena, todavía chiquita, aprendiendo el lugar de los abuelos; o su hermana Raquel, cuando aparece con María y Juanpe, por gracia de la coincidencia de las libranzas, y la mesa se escribe en Mahou, en el debatir sobre dónde será la comida; o como cuando a final de julio aparecen todos, a la vez, los que son y los que no son, al olor del conejo al ajillo que saluda agosto, y se llena la calleja en torno a la mesa corrida, y los fuegos artificiales dibujan la noche en dos minutos eternos con mensaje, mientras Pablo, el carnicero, se limpia con aire tímido los restos del último bocado; o como cuando llegan Paco Castillo, Pablo, el señor De La Fuente y demás amigos a tocar villancicos y a hacernos sentir que nada está perdido, grite quien grite, o haya afuera quien haya afuera, perturbando la paz de la colonia de gatos más aristócrata de la Sierra Noroeste, ésos que tienen veterinaria personalizada, platitos siempre bien llenos de tropezones y mil y un recovecos por los que trepar en la antigua posada ganadera que un día fue lo de fuera, por obra y gracia de la centenaria vía que va a Segovia.


Hoy me dijo Julián qué era o es La Cueva: “Es el último bastión de tertulia en Villalba, ahora que ya se ha jubilado Benigno, el peluquero”. ¿Y eso?, le incito. ¿Pues porque aquí se habla de Villalba, sabes enseguida quién muere… Lo sabes todo porque vienen todos. No hay otro sitio, quizá un poco el California“. Ahora, explica eso en las redes sociales, diles que lo mejor son los torreznos, ni siquiera juegues a saber qué diablos de enclaves salen en los cuadros, ni por supuesto intentes enseñar la obra de arte que hay nada más entrar, desapercibida a ojos de esa lechonada, y a veces no tanto lechonada como recental, que obliga a colgar el cartel de prohibido fumar porros; y no digamos explicárselo al marrano suelto de la tripa que cagaba cada noche por el pasadizo, siempre en el mismo lugar, más metódico que Jack El Destripador con su incisión torácica; o al que robaba el Belén de afuera; o a la que siseaba los azulejos con refranes del baño. ¡Qué diablos sabrán y qué les pueden explicar!

¿Qué pueden hacer los demás ante eso? ¿Tomar uno, dos botellines, tres…?; ¿hacerse una autofoto y luego decir lo cojonudos que son los torreznos, como quien va a Los Leoneses de El Boalo y ni siquiera ve el calendario de la tía en pelotas que hay -o había- encima de la caldera de carbón, o que el tipo vende una miel de la Montaña Leonesa cuya ingesta te da para cuatro canciones de Nino Bravo?; ¿O hacer como las señoras que fueron a la salida de Misa de 8 para matar el gusanillo pensando que la cocina de Tito da más servicio que el Chino de Pardo de Santallana?

¿Dije Misa de 8? Pues sí. Cuando se va la marabunta y queda La Cueva con sus personajes, invade el interior el repicar de las campanas del oficio vespertino, como si diera la razón al párroco Don Mariano cuando bendijo el local. Y me gusta. Es como si su compás, aunque sea ahora activado por mando a distancia y ya no suba Gonzalo a tirar de la cuerda, me recordara que todo sigue en orden. Menos cuando doblan, que es por los muertos, como recordaba Hemingway. Entonces, y más si cuelga la esquela del corcho, pienso en las líneas que ha podido perder este texto, y en todas las que perdería el de quien pudiera haber escrito todas las páginas necesarias para contar 51 años de Cueva, con sus reformas, sus cambios de dueño; con la mutación de su clientela. “Sí, aquí al principio había gansos, y bien grandes. Ahora, los gansos los tengo de otro tipo”.

Tito y sus enigmas…

 

Navidades de 2017

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