De Atocha a Chamartín

Blog de Deportes, Opinión y vivencias personales de Jaime Fresno

El Tourmalet, un desvío inoportuno

Cartel Tourmalet

El cartel de la cima objeto de millones de fotografías

Hasta 2011, el Col du Tourmalet, la carretera pirenaica más alta, construida sobre la ruta termal que ordenó trazar Napoleón III en 1846, se ha subido en 75 ocasiones, el que más en la historia del Tour de Francia. Pero el puerto de puertos es mucho más que una estadística, bastante más que la mayor justificación numérica del papel decisivo de los Pirineos en la gran carrera francesa. Es una sensación, un símbolo, un paso que magnetiza y cautiva por igual cada vez que se anuncia en el rutómetro.

El Tourmalet mide 2.115 metros de altitud, en una cordillera en la que ninguno de los otros mitos centenarios, Aubisque, Peyresourde y Aspin, supera los 1.800; y tiene dos vertientes casi simétricas, prácticamente con los mismos datos altimétricos: la este, desde Luz Saint Sauveur, con 18,8 kilómetros de escalada al 7,4 %, para salvar 1.405 metros de desnivel; y la oeste, en el valle de Campan, a partir de la travesía de Sainte Marie, 17,2 kilómetros a la misma media, pero con la carretera más abierta, sin apenas arbolado, una tortura cuando aprieta el calor, sin más escapatoria que las galerías que aparecen en la parte más dura, en el entorno de la gran mole de ladrillo de la estación de esquí de La Mongie.

Col_du_Tourmalet

Vertiente oeste, hacia Sainte Marie de Campan

“Sólo veo una opción para Perico: de La Mongie hasta arriba del Tourmalet, son cuatro kilómetros durísimos. Debe atacar ahí y lanzarse en el descenso”, escuché decir al malogrado Luis Ocaña, una noche en Supergarcía en la Hora Cero. El segoviano iba a remolque en la General de Lemond y Fignon, tras aquel despiste en el prólogo de Luxemburgo, pero el Tourmalet le negó aquello que sí le dio en 1985, cuando la etapa perfecta del Seat Orbea de Txomin Perurena, cuando Pepe del Ramo se escapa en el Aspin, Cabestany salta tras su compañero, enlaza y se va solo camino del Tourmalet, hasta que, tras coronar el coloso, recibe la orden de esperar a Perico, desatado entre la niebla, camino de la gloria en Luz Ardiden, con el aliento de Lucho Herrera a su espalda.

 

Para mí el Tourmalet empezó en aquella etapa de 1985, combinada con la frase de mi padre:

“- El Aubisque y el Tourmalet, esos son puertos.

–          Pero papá: ¿más duros que Navacerrada?

–          Sí, más del doble de duros”

 

bahamontes Tourmalet

Bahamontes pasando primero por la cima

Aquella pregunta infantil despertó en mí la curiosidad. Curiosidad por Bahamontes, cuatro veces primero en su cumbre; también por Julio Jiménez, tres veces conquistador. Y curiosidad por ese otro puerto del Aubisque, más bajito y olvidado por la organización y, por eso mismo, más interesante a mis ojos, que lo vieron devotos en aquel segundo sector de 1985 –sí, una etapa partida en mañana y tarde-, cuando vi por primera vez la subida al coloso de Lourdes, con Perico nuevamente atacante y Álvaro Pino derrotado en el esprín final.

Pero el Aubisque, ya lo hemos insinuado, perdió protagonismo tras los años 80, y el Tourmalet se erigió en el gran rey. En 1991, la majestuosa montaña fue más allá de su asociación con los éxitos de Bahamontes y Jiménez siendo escenario de la primera gran hazaña de Miguel Indurain en el Tour, cuando el navarro se lanzó a tumba abierta en el descenso en compañía de Chiappucci para acabar en la meta de Val Louron con el reinado de Greg Lemond, en una extenuante etapa que había partido desde Jaca.

 

Tras aquellos años, el Tourmalet emprendió una curva descendente en su papel de juez de la carrera, situado más lejos de meta, y erigido en golosina para los pretendientes del maillot de la montaña. Hasta que en 2010, cuando se cumplieron 100 años de su primera ascensión, el Tour de Francia, siempre atento a las efemérides de sus mitos, lo homenajeó diseñando una doble ascensión con final de etapa incluido que coronó a Andy Schleck, con el aliento de un Contador en campeón a su espalda.

Ese día se conmemoraban 100 años de aquella primera subida de 1910, propiciada por un redactor de l’Auto, Alphonse Steinès, quien propuso a su jefe, Henry Desgrange, que la carrera atravesase los Pirineos, en un diálogo legendario y ya reproducido en este blog:

“- ¡Está usted loco, Steinès! ¿Cómo van a atravesar los ciclistas los Pirineos si no hay caminos?-, espetó el mecenas, acuciado en aquella octava edición por el estancamiento de un Tour necesitado de revulsivos. Ante la determinación de su joven interlocutor, Desgrange siguió a lo suyo:

“- Es una locura. No hay carreteras. Hay senderos, caminos de cabras, aludes, nieve, toneladas de barro. Pero no hay carreteras. ¡Oh, y también hay osos!

-¡Oh! Sí que hay carreteras!”, replicó Steinès, que acto seguido tomó un ferrocarril nocturno rumbo a Pau, una de las capitales pirenaicas. Fue allí donde tuvo que convencer a un jefe de zona para seguir aferrándose a la idea de que la locura era posible.

Le espetaron:

“-Usted está loco. ¿Cómo pretende que atraviesen los ciclistas el Aubisque?

-Se puede-, insistió empecinado Steinès, que de inmediato agarró un coche y se fue a subir el Tourmalet –y no averigüé el motivo del cambio de puerto-. La nieve lo bloqueó a tres kilómetros de la cumbre, en la vertiente de Sainte Marie de Campan, pasada la actual estación de La Mongie. Entonces, decidió seguir a pie, según la leyenda con la nieve casi en la cintura, hasta que, tras coronar, apareció en Barèges, unos nueve kilómetros abajo por la otra cara, la de Luz Saint Sauver, aterido de frío y desorientado. Entonces, tras un baño caliente, telegrafió a Desgrange:

“- Atravesado Tourmalet. Stop. Muy buena carretera. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Steinès”

 

El telegrama pasó a la historia del Tour de Francia y ese año, en julio, sin nieve y sin osos, Octave Lapize fue el primero en coronar el Tourmalet, tras subir a pie los últimos kilómetros y haber escalado antes en solitario el Peyresourde y el Aspin. Más allá, en el Aubisque, las crónicas relatan la segunda frase mítica de aquel 1910, cuando Lapize, absolutamente desfondado por el sol pirenaico, corona la cima y, al pasar el control de los inspectores, exclama a voz en grito:

“- ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Desgrange, Steinès!! ¡Sois todos unos asesinos!”

Es la leyenda del “desvío inoportuno”, que es como se traduce Tourmalet, palabra que allá por los inicios del Siglo XX inspiraba respeto, cuando no miedo, en época de tubulares en bandolera, de bicicletas sin cambio y carreteras descarnadas. Una tortura que no se aprecia en el ciclismo moderno, aunque éste abrace con frecuencia la leyenda de la montaña más oportuna de todas.

 

JAIME FRESNO

Julio de 2014.

 

Al puerto más mítico del ciclismo mundial

Updated: 26 agosto, 2014 — 16:47

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