De Atocha a Chamartín

Blog de Deportes, Opinión y vivencias personales de Jaime Fresno

El Athletic, y la sotana remangada de don Antonio

De pronto, leyendo sobre San Mamés, a cuenta de su próximo derribo y a propósito de la última visita del Madrid, la número 102, caigo en que es 14 de abril y en que el Athletic me lleva necesariamente hacia algo o alguien. Al cabo de un rato, se hace la luz: es el cuarto aniversario de la muerte de don Antonio Varela Verástegui, navarro y del Athletic, cura de la posguerra villalbina, entre 1939 y 1952, y muerto casi a sotana puesta a los 98 años de edad, como párroco emérito de la parroquia de San Roque, en la calle de la Oca, barrio de Caño Roto, pegado a Carabanchel Alto. Allí murió y allí sumó 56 años más de labor pastoral. Casi nada.

ANTONIO VARELADon Antonio. Así le llamaban todos, entonces y después; y hasta los que no llegamos a conocerle preguntábamos así por él, con el ‘don’ delante, con aire reverencial, obteniendo a cambio historias cercanas a lo legendario, enmarcadas en los años del hambre. Visto en perspectiva, escuchadas decenas de testimonios inalterables con el paso de los años, son relatos que dan fe de un ejemplo de poder eclesial bien empleado, en beneficio de los necesitados, que eran muchos en aquellos tiempos de ruina de posguerra.

Probablemente, don Antonio sea la figura más decisiva e influyente desde un punto de vista social en la historia de Collado Villalba. También en lo deportivo, pero eso lo veremos más adelante

Repasando su obra, vemos que fue capaz, y esto está documentado por el historiador Luis Antonio Vacas y, además, otros muchos dan fe, de conseguir  “6 ó 7 indultos de pena de muerte”, avalando con informes de buena conducta a los reos ante el general Franco. Cosas de entonces, hacer esto le valió el calificativo de “cura rojo”; pero pocos sabían que don Antonio Varela había eludido en dos ocasiones el fusilamiento en zona republicana, una de ellas tras ser detenido en Navalagamella. Eso fue antes de llegar a Collado Villalba en abril de 1939, cuando encontró la parroquia de la Santísima Trinidad arrasada por las bombas y actuó con celeridad para instalar la iglesia a modo provisional en el salón de baile de El Paraíso -sí, donde la peña, el bingo y la discoteca, también teatro y tantas cosas- y, de paso, alquilar un hotel próximo a fin de alojar y alimentar a un gran número de huérfanos e hijos de presos políticos.

Húerfanos. La palabra clave. Collado Villalba, como la gran mayoría de los pueblos de España, tenía muchos. Y los niños con padres dependían de la cartilla de racionamiento, la escasa cartilla lanzada por el Régimen en mayo del 39, que distinguía entre niños y adultos, que separaba la carne del resto de productos básicos. Estrangulada por la escasez, la gente se daba al estraperlo de productos básicos y se ponía en manos de la caridad. Don Antonio combatió en los dos frentes, utilizando su influencia para sacar de la Guardia Civil a los estraperlistas y ‘tocando’ a las escasas familias pudientes y al cepillo para atender a los demás. Me cuentan que tal llegó a ser su cuidado que, cuando organizaba partidos de fútbol en el improvisado orfanato del colegio Santísima Trinidad, que él mismo contribuyó de forma decisiva a fundar, prohibía a los niños visitantes ir provistos de naranjas para que los huérfanos no viesen las cáscaras y, ni qué decir tiene, observasen comer a sus rivales.

Entretanto, y para compensar los años de la prohibición de culto, el párroco improvisaba bodas masivas para aquellas personas que se casaron sin ceremonia religiosa durante la guerra. Lo mismo con los bautizos y las comuniones, y sin distinción entre vencedores y vencidos en la contienda.

Parado, en la medida de lo que fue posible, el golpe más dramático de la posguerra, don Antonio Varela reconstruyó la parroquia y creó una escuela de formación profesional en colaboración con la fábrica de MADE (Material Auxiliar de Electrificación, la factoría en torno a la cuál, junto con el tren, evolucionó y se desarrolló Collado Villalba, dotando las vías de Segovia y Ávila), y que aleccionó a muchos de nuestros padres. También lo hizo con la revista parroquial “Toma y lee”, un boletín con el que muchos se iniciaron en el noble arte de la lectura.

Todas estas acciones conformaron una labor pastoral sin igual en el pueblo, por eso sorprende que, en tal contexto y con tal densidad de actividad, fuese posible que don Antonio tuviese tiempo de ‘evangelizar’ Collado Villalba con los colores rojo y blanco del Athletic. Vaya si lo hizo. Cada niño de entonces observaba, primero con asombro y luego con curiosidad, cómo el cura se remangaba la sotana negra para jugar partidos de fútbol, amén de ejercer de árbitro y organizador; y cada niño de entonces, recitaba de memoria y ya para el resto de sus días, por riguroso orden de demarcaciones, el legendario equipo bilbaíno, con la segunda delantera histórica a la cabeza: Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Y más atrás; Lezama, Oceja, Bertol, Ortuzar, Mieza, Arqueta, Ortiz, Gárate, Celaya, Unamuno… Aquel Athletic del doblete del 43, de las Copas del 44, 45 y 50, de las ‘no Copas de Europa’, porque no se habían inventado; aquel equipo que sucedió al de las cuatro ligas, el de la primera delantera histórica, con Lafuente, Iraragorri, Bata, Chirri II y Gorostiza, quizá mejor que la otra (el debate aún permanece en Bilbao). Don Antonio, en suma, inoculó el ‘veneno’ bilbaíno en vena. Lo tenía fácil: era el mejor equipo de España, y cada desembarco en una ciudad se convertía en un acontecimiento.

Me contó mi padre, y cuentan los mayores del lugar, que don Antonio les llevaba a la estación para ver pasar a pie de andén el tren que llevaba al Athletic a Madrid, cada vez que se alojaban en San Lorenzo de de El Escorial para jugar partido en Chamartín o en el Metropolitano. El cura repartía banderas y alentaba a la muchachada, en cuyo imaginario, labrado por la radio, quien la tuviera, y las historias del boca a boca, Zarra y compañía eran superhéroes capaces de las mayores empresas. Antes del 52, Zarra, el hijo del jefe de estación de Erandio, ya sumaba cinco de sus seis pichichis y le había marcado a Inglaterra su famoso gol; Gaínza era el mito de la banda zocata y Panizo la clase y la elegancia. Ir a la estación a verles con el cura era una liturgia que marcó a muchos de por vida. No digamos a mi padre, que bajando a Madrid para ir a la academia en el vagón de tercera, de bancos de madera a reja, viajó con ellos en el compartimento de al lado. Era el Athletic de las copas, que esa tarde, en Chamartín, despachó al Real Valladolid por 4-1, los cuatro de Zarra, tres de ellos en la prórroga, récord de siempre en una final copera.

Los relatos de don Antonio sobre el Athletic, al parecer, se convirtieron en una especie de tarea pastoral añadida a sus servicios sociales. Los mayores hablan de más de un 70% de la población entregada a aquel equipo, y de un cura con sotana remangada, para evitar en lo posible el barro de aquel campo cercano a Cantalejo. Historias que se pierden en el túnel del tiempo pero que ensalzan a un hombre bueno, felizmente muerto allá donde pocos llegan, a los 98 años. Supe de ello en un domingo en que mis padres venían de misa, hace ahora cuatro años, tras asistir al Novenario. “Han venido lo menos 15 curas de Madrid, la iglesia estaba de bote en bote”. Decidí recoger el guante y escribir en el periódico del acontecimiento social. Y descubrí la emocionante misiva de despedida de un anciano cura, con la muerte dentro:

“(…) Se están cumpliendo ahora 56 años, lo repito, 56 años, que vengo ejerciendo de párroco de San Roque. Coinciden con el momento de mi jubilación, pero han coincidido también con la intromisión inoportuna de una enfermedad traviesa que me ha dejado inhabilitada la mitad de mi cuerpo, de piernas para abajo, y me ha incapacitado para poder ejercer el ministerio sacerdotal. (…) Pensábamos que se podía hacer algo, pero hemos visto que el proceso degenerativo de esta enfermedad es imparable, y hemos visto necesario pedir el ingreso en un centro hospitalario, creo, que con poca esperanza de curarme”, decía, entre otras muchas cosas.

Fue con fecha de 29 de junio de 2008, meses antes del desenlace fatal del 14 de abril siguiente. El mensaje fue dado ante la feligresía de San Roque, parroquia a la que llegó en 1952, tras una salida de Collado Villalba que hoy es casi leyenda: medio pueblo fue a despedirle a la estación, pero el cura optó por evitar el baño de masas y se fue andando a coger el tren hasta la estación de Los Negrales, la siguiente en dirección Segovia. Cuentan los mayores que don Antonio se agachó al paso por Villalba para no mostrarse a la gente, y no se ponen de acuerdo sobre la razón que le llevó a ello. ¿Emoción, alguna despedida anterior que quitaba sentido a la de la estación…? Quizá nadie lo sepa, y yo nunca lo sabré. El caso es que partió de esa peculiar forma en busca de 56 años más en San Roque, donde fue providencial para sacar de la miseria a todo el barrio de Caño Roto, en aquel entonces un suburbio de Madrid lleno de pobreza y castigado por la delincuencia. Don Antonio lo empezó a transformar hasta el punto de sentar las bases para que se construyeran varios bloques de pisos para los más desfavorecidos, y promovió la reparación de la iglesia, también seriamente dañada por la guerra.

Sotana remangada para emular a Zarra y gambetear niños; sotana remangada para regatear a la miseria. Así era don Antonio, el cura salvador que gobierna los recuerdos de nuestros padres sin que le cubra el negro manto de la noche de los tiempos…

JAIME FRESNO

Dedicado a mi padre y a la gente buena de La Cueva

19 de abril de 2013

4 Comments

Add a Comment
  1. Gran lección de historia Jaime.

    Corrigeme si me equivoco, pero creo que también fue fundador de la Real Cofradia del Santisimo Sacramento, lo que popularmente conocemos como “Los Muertos”. Una sociedad que ha ayudado a muchos en los momentos tan dificiles como es la perdida de un ser querido.

    1. Sí, es correcto. De hecho, la placa de mármol que le dedicaron en la actual ermita es de la Cofradía. Fue realizada en el 52, cuando se marchó. Leyéndote caigo en la cuenta de que esta semana fui a fotografiarla, más que nada para tener su texto, y se me pasó mencionarlo…Otra cosa es lo del boletín parroquial Toma y Lee: fue famoso en la época

  2. Buen trabajo Jaime!
    Emotiva narración sobre una parte de la historia de Villalba y la buena gente que merece ser recordada por su gran labor.
    Que grande es el fútbol que siempre fue una buena medicina.
    Creo que este blog dará mucho que hablar.

    “TOMA Y LEE”
    ADELANTE Jaime !!!

  3. Recordando mi esposo (actualmente vivimos en Panamá) su niñez en Carabanchel . Decidí buscar algo en la red y nos encontramos esta historia tan bonita y llena de recuerdos cuando don Antonio jugaba futbol con el y le daba monedas para su madre ya que eran 12 hermanos. Carlos nació en 1950 y me llevo hace 3 años a conocer la iglesia San Roque.
    Gracias por revivir en el tantos recuerdos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

De Atocha a Chamartín © 2014 Frontier Theme