Domingo, pasiones de un cocinero

Domingo en la puerta de su Mesón, un día de otoño de 2019 / JAIME FRESNO

 

– ¡Venga, Domingo! ¿Qué gol quieres que hagamos? – pregunto tras los postres.

– Pues… ¡Uno al Barcelona en el último minuto! ¡Y allí, en Barcelona, que joroba más!- El más madridista entre los madridistas, reconocido en la placa que preside la vitrina de su Mesón, lo suelta decidido, con su particular voz castellana. Lo hace sonriendo y en un tono a caballo entre la socarronería y el entusiasmo, como si pudiera ver la jugada, paladeando por anticipado el placer que parece adivinar: el gol ganador del Madrid, de su Madrid. Además en la guarida del archienemigo.

– ¿Y quién lo marca?- le insisto.

– Tiene que ser de Cristiano Ronaldo – zanja él, categórico.

Recuerdo que la escena se produce tras tomarme un café solo con hielo, de esos que casi siempre, cuando fumaba, me dejaba la garganta con flemillas y la amenaza de tos latente, quizás por efecto de la cafeína. Malo para radiar, pésimo para abusar de la pasión con la voz. Y en la cena anual de la entonces recién fundada Peña La Estación del Real Madrid, con los ciento y pico socios recién cenados en el salón principal de Miravalle, no era plan de echar el bofe nada más arrancar la jugada. La cosa intimidaba de veras, pero Domingo y los demás compañeros de mesa tenían tanta enjundia como poder de convicción. Ahí estaba nuestro  amigo José María -el presi José María, el que siempre saludaba al Rey del Champiñón con un “¡Domingo! ¡Somos los mejores!”-, que fue quien encendió la mecha porque ya me había visto actuar antes; estaba el Molécula, otra institución en Collado Villalba, compartiendo mesa con su amigo y jefe de extras en el Mesón, y que como buen madridista pasional también alentó lo suyo para recrearse con la estocada al Barça, que para cosas como esa echó sus horas en la fábrica, y vete a saber si no salió del trabajo a toda leche ante la garita del guarda para llegar bien al primer plato; y, por supuesto, ahí estaba Domingo, el Jefe espiritual, que había terminado de  maquinar lo que tenía que hacer el Real Madrid en el Nou Camp.

 

Así andamos entre postres cuando Iniesta y Xavi soban y requetesoban el balón en el medio campo, de acá para allá, mareando al Madrid en una de esas circulaciones de balón largas, hipnóticas, a menudo sin más sustancia que la de recrearse en una supuesta  superioridad. Aun sin goles, parece la cantinela del 2-6; o de ese puñetero 5-0, aquel repaso que Domingo me dijo que nunca se hubiera dado, porque “si llega a pitar con 0-0 el penalti a Cristiano, no sé qué hubiera pasado”. Y es ahí, en pleno chaparrón de posesión culé, cuando sobreviene el robo de Sergio Ramos y el pelotazo largo hacia Benzema, el resbalón de Piqué en la frontal, el avance del francés, que de ello se aprovecha, y el pase de la muerte para que Ronaldo, haciendo caso a Domingo, la estampe en la red: 0-1, minuto 92. Camp Barça en silencio. ¡Gooooooool del Madrid, gooooool de Cristiano Roooooooonaldoooo! Y bla, bla, bla… “Y luego: “Celebre el gol de su equipo con Vinos Ricardo Benito. Para dar gusto a su paladar, Ricardo Benito ha de tomar. Ricardo Benito elabora en Navalcarnero los mejores vinos de la Comunidad”. Y como cuña de salida: “Informó Finisterre, seguros generales, agencias en toooooooda España”.

 

Las publicidades, históricas en las voces de Héctor del Mar y de Joaquín Prat, ya las hago en el petit comité de la mesa, aprovechando que el café me ha dejado en paz durante la narración, y al terminar encuentro a Domingo secándose los ojos enrojecidos con el pañuelo de tela, sin poder evitar que una lágrima le resbale por el mentón. “¡Joer, no sabía que esto era así, me he emocionado”, me parece recordar que dijo, como suspirando. Y así nos pega una especie de sentimiento de complicidad que hace que nos miremos sonriendo y que se extiende hacia las mesas de alrededor, con las que bromeamos y comentamos la jugada, pasaje en el que recuerdo también a Javi Murallas, el que a veces me manda al Bernabéu con su abono a ver a la Real Sociedad. Y así se compuso uno de esos ratos que te regala la vida para llevártelos a la puerta de San Pedro, si es que eres bueno y te dejan acompañar a Domingo en el viaje que ha emprendido.

Habría otras muchas anécdotas que contar tras tantos años de Mesón, dicho así, a secas, como los buenos sitios que no hace falta nombrar del todo ni situar porque todo el mundo sabe dónde están y de qué tratan y qué se encuentra. Un sitio casi tan especial como su dueño. Quizás, para mí todo empezó allí a finales de los ochenta, estando aún en el Instituto, en una tarde en la que quedé con Rafa y Luisito para trabajar las preguntas de un examen que había caído en nuestras manos a base de utilizar artes propias del Lazarillo de Tormes. Una travesura de larga ejecución, que se alargó y alargó hasta altas horas, con el agravante de ser entre diario. Mucho rato fuera de casa y sin avisar. Casa Domingo  me cobijó y me cuidó tan bien que esa noche no vi el reloj. Mis padres en casa sí lo vieron, vaya que sí. Y muchas veces. Tenía 15 ó 16 años y ya me buscaba la Guardia Civil por Collado Villalba y alrededores, “porque este niño no viene”. Ahora, cada vez que veo a Rafa –Rafita– y a Luisito Hierrosu apelativo en el Mesón, por su parecido con Fernando, el internacional del Madrid que venía a Pardo de Santallana a comprar pescado del bueno y a echar unas cervecillas en el Santiago Apóstol-,  nos reímos bastante tirando a mucho, pero ellos más que yo, que a fin de cuentas fui el que olvidó memorizar o apuntar bien las respuestas del examen. Total: ellos sacaron un nueve y pico, y yo, después de todo el quilombo, me vi haciendo el examen a pelo para sacar un aprobado raspado. De aquel sainete a la velada de Miravalle, sentado frente al Jefe, hay mucho Mesón, con sus altos y sus bajos en cuanto a mi asistencia, pero siempre disfrutando de muchas vivencias. He escogido la de aquella cena de la Peña Madridista porque retrata como ninguna hasta qué punto Domingo era pura pasión con sus aficiones, con el Real Madrid a la cabeza, y porque creo que aquella noche de celebración contribuyó mucho a que nuestras charlas cogieran en adelante más asiduidad y sustancia cada vez que pisaba por su casa.

Los inicios: de Soria a la capital

Por esos ratos de conversación, ya fuesen en la pequeña barra, afuera en la acera, o en el comedor viendo al Madrid, sé que la historia de Domingo empezó un 12 de mayo de 1937, día en que nació en Cantalucía, un pequeño caserío de la comarca soriana de Tierras del Burgo, al que se llega dejando la carretera que conduce a la parte baja del Cañón del Río Lobos, girando en la pintoresca villa de Ucero, pero siempre con la inevitable referencia, unos veinte kilómetros antes, de El Burgo de Osma, la capital comarcal y cabeza de partido judicial, el pueblo de Jesús Gil, como solían recordarle, no sin cierta retranca, los numerosos seguidores del Atlético de Madrid que paran por su casa. Así pues, Domingo vino al mundo en la profunda Castilla, en los años duros de la Guerra, en un pueblecito que hoy apenas sobrepasa la veintena de vecinos y en el que, hoy en día, «el único bar que hay comparte local con la consulta del médico. Te tiene que dejar la llave el alcalde. Llegas, te sirves, y metes el dinero en un bote. Se fían. Que yo sepa, nunca ha faltado un duro», me cuenta su hijo Juanan.

 

Vista de Cantalucía, en una imagen actual / WIKILOC

 

Cantalucía tenía más vecinos, quizás hasta más de un centenar, cuando Domingo vino al mundo para ser el hijo único de la señora Damiana. Al quedar huérfano de padre, se vio en la necesidad de trabajar a una edad temprana para alimentar a la unidad familiar, de modo que, cuando llegó a Madrid para buscarse la vida, era un mozalbete que no tardó en empezar a subir desde abajo y peldaño a peldaño la dura escalera de la hostelería, hasta trabajar en los fogones de algunos de los mejores establecimientos de la capital.

Domingo pasó por algunos de gran renombre, en plena edad dorada de los restaurantes madrileños de alto copete, como fueron las décadas de los cincuenta y los sesenta, años de esplendor de sitios como el Restaurante Horcher o el legendario Jockey, buque insignia de la restauración más elitista desde su apertura en 1945, con las notables influencias francesas traídas desde el país vecino por su creador, Clodoaldo Cortés. Domingo logró entrar a trabajar en el emporio del empresario salmantino, sobre todo cuando se inauguró el hermano menor de Jockey, el también renombrado  Club 31, con el que Cortés expandió el negocio en la calle de Alcalá a partir de 1959. Es de sobra conocido que por los comedores de estos restaurantes pasaron las más importantes celebridades de la época, desde Frank Sinatra a Ava Gardner, pasando por el Sah de Persia, el presidente Richard Nixon, el actor y director de cine, Orson Welles, o Gabriel García Márquez, y continuando por autoridades españolas principales de la segunda mitad del siglo XX, tanto del Régimen como de la Democracia. Aquí conviene apuntar que Domingo llegó a trabajar dentro del grupo de cocineros que se encargaban  de las comidas y los ágapes en las frecuentes cacerías de Franco, síntoma de que su buen hacer ante los fogones le estaba llevando a puestos relevantes  de la máxima responsabilidad.

Esa llamativa etapa en las cocinas de Clodoaldo Cortés –padre de Luis Eduardo, ex vicepresidente de la Comunidad de Madrid en tiempos de Alberto Ruíz Gallardón- no fue ni mucho menos la única que puso a Domingo al servicio de los grandes personajes de la época. Su trabajo en el histórico Hotel Reina Victoria, en la Plaza de Santa Ana, lo acercó a los mejores toreros de la época  que allí pernoctaban antes de lidiar en Las Ventas, y terminó de apuntalar su afición por la Tauromaquia sin que faltara detalle. Era el hotel por el que pasaban, entre otros, Luis Miguel Dominguín, Curro Romero, Rafael de Paula, o su admirado José Miguel Arroyo, Joselito. Y si el Hotel Reina Victoria abundó en su pasión taurina, el trabajo en el restaurante de la piscina del Real Madrid de la antigua Ciudad Deportiva de La Castellana hizo lo propio con la pasión futbolística en color blanco, en época del Madrid Yé-yé y del tramo final de la incomparable carrera de Alfredo Di Stéfano, del que tanto habremos hablado en el Mesón.

Quizás menos conocido, pero si acaso aún más especial, fue el paso de Domingo por el restaurante de Los Tres Mosqueteros, en Alonso Cano, porque fue allí donde conoció a Marga, su mujer, mientras trabajaba en uno de los “sitios preferidos por los carteristas” que hacían limpieza en los lugares más concurridos de Madrid, un pasaje que Mingui, el tercer hijo de Domingo, recuerda en clave de graciosa anécdota: “Mi padre siempre me contaba que por allí pasaban muchos carteristas y ladrones, pero decía que eran buena gente  y, sobre todo, decía que eran todos muy elegantes. Lo debió de pasar bien allí”.

 

El Mesón, desde 1968             

Con ese bagaje en algunos de los sitios más selectos de Madrid, Domingo desembarca en Collado Villalba para establecerse con Marga y montar su propio negocio. Elige para ello el local de la plaza de la Estación donde había estado el Bar Toledo, que a su vez había tomado el relevo de la taberna de Noblejas, un lugar en el que se podía comprar vino a granel extraído directamente de la tinaja, al estilo de enclaves bodegueros como Navalcarnero. El Noblejas era un sitio de solera que venía funcionando desde los tiempos en que la plaza era de tierra, al igual que las calles aledañas, y aún no era un recinto cerrado. “La plaza era abierta y se hacían allí los toros, o también montaban el circo americano. Eso se cerró siendo alcalde el padre de Pedro Antonio Martín”, apunta el amigo de Domingo, José María Díaz Léndez, en referencia a Juan Antonio Martín Galache, regidor en época de Franco. La taberna había recibido el nombre de Noblejas en homenaje a la localidad  toledana de procedencia de sus inquilinos, el matrimonio Crespo, que habitó la casa de la primera planta y allí crió a sus cuatro hijos, luego claves en la historia empresarial del municipio: Pascual, Isidro, Felipe y Antonio. Domingo adquirió en alquiler a la familia Cuesta, la propietaria de toda la manzana, el lote de casa y bar. Se hizo así vecino, pared con pared, de la Pescadería de Rubén, que daba por la parte trasera a la calle Ignacio González, y con la que comunicaba a través de lo que hoy es la cocina. Ahí sentó Domingo las bases del futuro familiar y laboral.

En la casa de arriba nacerían cinco de sus seis hijos: Luis; Juan Antonio, Juanín; Domingo, Mingui, Jesús Alberto –tristemente fallecido a edad muy temprana-, y Alfredo –Chorry-. El sexto, David, vendría al mundo en la cama de un hospital, ya con el Mesón erigido en referente de una zona con mucho peso en la historia hostelera de Collado Villalba, gracias a bares como el del Norte –hoy Barquín-; el Embajadores, con su billar y sus mesas de futbolín y de tenis de mesa; La Ferroviaria, al otro lado de la plaza;  y doblando la esquina, el Nueva España, La Taurina, el de la Maruchi, o los billares de la familia villalbina del doctor Jiménez del Oso, con el que mi padre siempre me contaba que jugaba al billar libre, el de carambolas no condicionadas al número de bandas.

 

Pasión taurina

Casa Domingo abrió en el mes de enero del emblemático 1968, el revolucionario año al que cantaba Joaquín Sabina en “Inventario”,  su primer disco de 1978, con esa melodía parisina tan del mayo francés. Hago el guiño por esa afición taurina tan suya, y por jugar a imaginar cómo el cantautor jienense hubiese defendido ante Domingo su pasión por José Tomás, teniendo en cuenta que a nuestro mesonero le gustaban preferentemente los toreros capaces de enfrentar todo tipo de ganado, “los forjadores”, como precisa su amigo José María, que abunda en ello: “Le gustaban los toreros de seis toros, no tanto los toreros artistas, porque sabes que esos necesitan un tipo de toro y no todos salen como ellos quieren. A Domingo le gustaba gente que fuese dominadora, como Joselito –José Miguel Arroyo-, o FrascueloCarlos Escolar, para distinguirlo del legendario  Salvador Sánchez Povedano, el Frascuelo del siglo XIX-”. Galapagueño de adopción,  y también conocido en la Sierra por el detalle de regalar a Moralzarzal el reloj del Ayuntamiento,  Frascuelo fue uno de los muchos personajes de la Tauromaquia que han pasado por el Mesón a despachar con Domingo y a saborear la buena mesa. Igual que los Atienza o los Lozano, o como Jaime Ostos y Antonio Chenel, Antoñete.  Sin embargo, nadie le llegó tanto en el mundo de los toros como Santiago Martín Sánchez, El Viti, del que Domingo siempre  recordaba, orgulloso y bastante a menudo, su récord de catorce salidas por la Puerta  Grande de Las Ventas como matador, más otras dos de novillero, “el que más, el más grande”, decía. Mingui y Juanan  me recuerdan estos días que su padre guarda un espectacular cuadro del maestro de Vitigudino toreando al natural, la suerte que encumbró al diestro salmantino, hoy  inmortalizado ante la plaza de toros de La Glorieta de la capital charra con una espectacular estatua de bronce que parece saludar a los que toman la carretera hacia Fuentesaúco. Aquí, en el Mesón, el Viti tendrá que esperar por cuestiones de tamaño y espacio para ser exhibido en la galería del salón, donde Domingo reservó sitios privilegiados a retratos como el que tiene con Enrique Ponce .

Los toros y Domingo, Domingo y los toros. Cada vez que el año apunta a la primavera, es tradicional encontrar en el Mesón los dípticos con el programa de la Feria de San Isidro, o algún que otro cartel de ferias cercanas con buenas combinaciones. El de San Isidro ya no podrá ser, pero recuerdo el último que vi, el que anunciaba la que iba a ser la tarde estrella de la Feria del Milagro de Illescas -luego anulada por confinamiento-, con nada menos que Morante de la Puebla, José Mari Manzanares y Pablo Aguado, pegado como siempre en el biombo de madera de la entrada, junto al cartel del viaje de turno al Bernabéu de la Peña de la Estación. Los carteles de fútbol y toros son todo un clásico del Mesón en los que se aprecia a las claras la otra pasión de Domingo: el Real Madrid. Las dos aficiones eran indisociables y Domingo les daba rienda suelta en sus conversaciones, con esa seña de identidad tan suya como era la cercanía.

 

El Mesón y su toque personal

Así ha venido siendo en los cincuenta y dos años ininterrumpidos que ha estado al frente de la casa de comidas más antigua de la Estación, que se dice pronto, más aún cuando se trabaja en la zona de Collado Villalba que suele separar la paja del trigo en la machacada hostelería villalbina, allí donde se debe lidiar, por si fuera poco, con el menudeo del parque y otras cosas de ámbito más propio de la crónica de sucesos. Domingo andaba mosca con eso. Como todos, y como dicta la lógica. Con eso y con las puñeteras raíces del árbol que levantaba las baldosas de la acera frente a su puerta. “El otro día hasta se cayó una señora”, me contaba meses atrás. Cosas de esas las decía tal cual, sin ambages, haciendo la crítica en crudo y sin la retórica absurda de la nueva ola, esa que nada soluciona aunque llene hojas y minutos, o aunque se cacaree en redes sociales. Una personalidad arrolladora con un carácter definido, condición sine qua non para ser una institución  capaz de sacar adelante el negocio sin aparataje mediático, aunque ello no sea óbice para que Domingo haya sido fiel colaborador de los medios de comunicación  con una publicidad que, en el fondo, no necesitaba. La mayor parte de ese trabajo se lo ha venido haciendo el boca a boca, la relación calidad-precio y el buen servicio. Sólo así se explican anécdotas como que medio equipo de producción de un programa de televisión sobre los pueblos de Madrid terminase comiendo en el Mesón, después de destacar en su espacio a otros establecimientos de Collado Villalba; o que la calidad de su champiñón me la reconociera el mismísimo Julio Romero, el dueño de Casa Nino, el mesón de la histórica calle Mayor de Alcalá de Henares, fundado en 1953 por su padre, Saturnino, y que guarda evidentes paralelismos con Casa Domingo: lugar castizo, taurino y de culto madridista; no en vano es sede de una de las peñas más antiguas del Real Madrid. Y cómo no, también máximo especialista en hacer del hongo más popular una delicia a la plancha capaz de atraer clientes desde un sinfín de rincones.

 

La cocina de Domingo

Domingo, El Rey del Champiñón. El champiñón servido con sus cortecitos en los bordes y ese jugo alimonado que, mezclado con el jamoncillo troceado en briznas y taquillos, baña las cuencas del hongo y lo convierte en una delicia capaz de cargarse media barra de pan en el pringue.

 

Champiñones con taquitos de jamón, al estilo de Domingo / ARCHIVO

Y, para mí, también el rey de las mollejas de cordero, las croquetas, la carrillera de cerdo o aguja de ternera guisada con zanahoria y guisante, sin olvidar los platos de cuchara, en especial las sopas: la castellana y la de ese cocido con día marcado en el menú que hace que se disparen las reservas. Como me decía él, cuestión también de elegir un buen género, y de hacerlo todos los días, a poder ser fallando poco. “¡Y si fallan, los eliminamos!”. Con esos mimbres, Casa Domingo es el lugar para comer con deleite de raciones, o para tirar del menú de siete u ocho primeros y otros tantos segundos que cuelga escrito a tiza en la pizarra de afuera, platos servidos  en ese coqueto comedor en el que reina la madera y que cuenta con el matiz castizo de los manteles de papel a cuadros blancos y azules, más el toque acogedor de las paredes en las que cuelgan cuadros del Collado Villalba de otro tiempo, algunos con la firma del dibujante Julián Redondo, que fuera uno de sus clientes más fieles e ilustres.

Mi última degustación del cocido de Domingo fue con un ilustre vecino de Villalba: Carlos Alevito / J.F.

Paredes en las que también se ven los retratos de Domingo con gente del toro, con futbolistas  históricos del Real Madrid, y hasta con Florentino Pérez, vinculado a la casa a través de su hijo Florentino júnior, cliente de la clínica de Fisioterapia de Alfredo, el hijo que, en su condición de socio compromisario, ha mantenido a Domingo con información de primera mano de su equipo, además de darle una nieta, Martina, a la que hizo socia del club blanco con cinco días de vida. Motivo de orgullo para su abuelo.

Personajes en barra y mesas

Las conversaciones en torno al fútbol en general, y al Real Madrid en particular, son santo y seña del Mesón, sobre todo en las tardes y noches de partido, donde Domingo acostumbraba a recibir amigos y clientes muy selectos para seguir a su equipo, no más de cinco o seis, porque nunca quiso enfocar el restaurante al consumo desordenado, y a menudo desbocado,  que se genera con el balón en pantalla. Solía ver el fútbol sentado en primera fila ante el televisor, con los brazos cruzados, con una mirada en la que resultaba difícil descifrar si la cosa iba bien o iba mal, como al acecho de la jugada digna de comentar. Si ésta surgía, hablaba corto y claro. La última vez que le vi así, y esa satisfacción tengo, fue en el 2-0 del Real Madrid al Barcelona, el triunfo que aseguró un gol de Mariano al final, en uno de esos domingos en los que el fútbol acaba tarde y, pese a ello y a la inminencia del lunes, la sesión se alarga para saborear el triunfo. Veo que aquello fue el 1 de marzo. Lo pasamos bien.

 

El Mesón me ha ido dejando escenas costumbristas como aquella, y también otras más sobrevenidas y curiosas, con algún que otro episodio hilarante. Sin duda, mérito de personajes como Paco, el camarero de comedor que tenía Domingo hace ya unos buenos años, bajito y más bien ancho, de un aspecto desgastado que compensaba con gracejo y labia de vendedor nato. Paco era una auténtica máquina con las alineaciones históricas de los equipos, que me recitaba  de memoria aprovechando cualquier impás. ¡A ver! ¡Los Cinco Magníficos del Zaragoza! Y Paco: “Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra”. Y a partir de ahí era ya imparable: la delantera del Barça de las cinco copas; y Paco: “Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón”; la del gran Athletic de Bilbao: “Iriondo, Venancio, Zarra  Panizo y Piru Gaínza”; la Delantera de Cristal del Atlético de Madrid: “Juncosa, Ben Barek, Pérez Payá, Carlsson y Escudero”; por supuesto la del legendario Real Madrid que dominó Europa: “Kopa, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento”; y, pásmense, hasta el equipo completo del Pontevedra matagigantes de los 60, el del Hay que roelo: Cobo, Calleja, Cholo, Batalla, Irulegui, Antonio, Odriozola, Neme, Roldán, Martín Esperanza y Fuentes”. Paco lo sabía todo.

A ese pasado del Mesón pertenece otro curioso personaje: el escritor japonés, Hiroshi Kurihara, quien, según Mingui, “apareció cuando estaba trabajando en Toledo en un libro sobre el hermano de El Greco, o algo así nos contó”. Hiroshi  no sólo terminó por entablar  una gran amistad con Domingo y su familia, sino que utilizó el establecimiento villalbino como fuente para empaparse de conocimientos sobre las costumbres españolas y la gastronomía y llevarlas a un libro que fue todo un súper ventas en Japón, a base de explicar  recetas de cocina como la de la tortilla de patata, tradiciones como la matanza, o presentar aspectos clave de la Tauromaquia o del Flamenco, dos de las especialidades del escritor nipón. “Tenemos el libro, nos lo regaló Hiro, pero está en japonés y no está traducido. Sería muy interesante poder hacerlo. La verdad es que, desde que lo escribió, por aquí han venido muchos japoneses a comer. Una vez vino un autobús lleno y no pudieron entrar todos”, rememora Juanan.

 

El segundo hijo de Domingo, al que vi como fino delantero en su día del Atlético Villalba, ha venido siendo un testigo de excepción en las tres últimas décadas del trasiego de personajes  que han ido desfilando tanto por la barra como por el comedor que cada día se encarga de organizar. Preguntarle por ello daría para un libro, por eso se puede echar mano de un repaso a vuela pluma de lo que uno puede ver a diario parando en el Mesón a echar un cosechero, bien maridado con una de esas exclusivas tapas recién sacadas de la cocina especiales para fieles, y todo ello con la calma suficiente que permite observar. Se puede ver por ejemplo a Mariano, con sus insignias de la Guardia Civil y sus motivos rojigualdas prendidos de la guerrera, los calendarios de la Virgen del Pilar y, si se le da carrete, con sus historias curiosas del  23-F. También puede aparecer Franky y hablarte, entre guasas y aspavientos, de lo potente que está su equipo, el Liverpool, lo mismo dando detalles de la juerga que preparó en La Cueva cuando Mané, Firmino y Salah fulminaron al Barcelona, que de su cara de póker al salir del Metropolitano tras palmar el primer asalto con el Atleti, el día que utilizó el abono que le dejó depositado en el Mesón Manolo, el simpático conquense que  cada día laborable es de los primeros en comer allí, a eso de la una y poco, y mete la pasión rojiblanca con mesura y elegancia, soportando las guasas merengues que puedan venir desde la barra. “Un atlético de los buenos”, como le gustaba decir a Domingo.

 

Al comer en el primer turno, Manolo suele coincidir con la hora del blanco de Rueda de Los Ciclistas, que son Scola, Mariano, Juan y Víctor, más algún compañero ocasional. Todos salen con la bici y a todos les gusta iniciar la ronda del aperitivo en el Mesón, que les coge pared con pared con la tienda de Hijos de Víctor Gil, la que regenta Víctor y antes llevaba su tío Juan, ya jubilado.

Barra de Domingo: cosechero con chorizo recién sacado del perolo de las lentejas / J.F.

La tienda de bicis es otro lugar de tradición, con historias que también han alimentado al Mesón. Por allí han pasado, entre unos y otros motivos, profesionales como Jesús Cruz Martín o José Manuel Maestre, que fueron directores de la escuela municipal; o Carlos Verona, en su etapa deslumbrante de juvenil;  y hasta un campeón del Tour de Francia como Alberto Contador, que la utilizaba en ocasiones como base logística  para afrontar sus extenuantes entrenamientos serranos, nada más bajar del tren procedente de Pinto. La tienda también era el campo base de la organización de carreras ya extinguidas, como los trofeos Santiago Apóstol o San Antonio de Padua, o el mítico Memorial Pedro Herrero de Moralzarzal. Hay mucho ciclismo cercano a Casa Domingo, gracias a Los Ciclistas y gracias también a Javier Guillén, el director de la Vuelta a España, buen amigo de la casa y cliente cada vez que los viajes o el pádel se lo permiten.

La barra del Mesón, hecha en madera con una sola pieza de tronco, sin ensamblajes, también es lugar para las visitas fugaces pero fieles, de las que no fallan: la del vecino, Pedrín, otro ilustre del municipio, exbaloncentista de enjundia con una historia aparte, experto comentarista sobre el Estudiantes y el Real Madrid, que se toma algo rápido, si acaso hojea el As, y se va; o la de Félix Sevilla, que siempre come pronto y hace coincidir su sobremesa de café o infusión con las cañas y vinos de la barra…

En una de esas paradiñas en la gran madera del Mesón conocí a José, el suministrador de los productos de limpieza, que resultó ser socio de la Real Sociedad  con mucho peso en la Federación de Peñas. Gracias a él tuve el honor y el placer de asistir en Anoeta al Centenario de la Real, celebrado con aquel partido que fue la puesta de largo en suelo español de los recién fichados  Cristiano Ronaldo, Kaká, Benzema, Xabi Alonso y Arbeloa: 247 millones de euros de inversión ante mis ojos en el césped, utilizados por el Real Madrid para ganar 0-2 a la Real con goles de Benzema y de un Sneijder que ya estaba vendido y dio allí su último coletazo de blanco. Domingo siempre me recordaba que aquel partido “se pudo hacer porque nosotros fuimos gratis a San Sebastián. Florentino dijo que había que cumplir con la Real”. Hablábamos mucho de los dos equipos, y últimamente, claro está, lo hacíamos sobre Martin Odegaard. “El noruego que os hemos dejado va bien, es bueno el jodío, en verano nos lo vamos a traer otra vez”.

De cosas como esas charlábamos a menudo cuando llegaba el buen tiempo en la terracita del frontal del Mesón, la más cotizada de la Estación para cenar en las noches de las fiestas patronales en honor a Santiago Apóstol, y también un apacible remanso de paz en los calurosos atardeceres de verano, cuando suele recibir una brisa que ayuda a hacer de las tertulias algo muy agradable, sobre todo en los solitarios meses de agosto, cuando en Collado Villalba no queda ni Perry. Allí se sienta con Domingo José María, fiel cliente en los cincuenta y dos años de Mesón, que antes llegaba con amigos que ya no están por diversos motivos, como Pasina, Eduardo, Eugenio… También, a esa mesa  puede llegar Tito, el de La Cueva, acompañado de su hijo Héctor, a rematar el domingo de libranza con una pequeña dosis con cocacola, siempre sin hielo y en tubo, siempre removiendo la mezcla metódicamente con una cuchara larga. Y en la mesa de al lado puede estar picando algo Enrique, que conoce parte de las correrías hosteleras de Domingo en Madrid; o Juan, el de la tienda de bicis, haciendo su segunda pasada del día… Pasan a despedir la semana los clientes y amigos de toda la vida, mientras Mingui o Juanan, según los turnos de descanso, van sacando los vinos blancos y las buenas tapas, a partir de que la cocina entra en acción para las cenas.

 

Me pregunto ahora por cómo será todo esto que hemos contado sin Domingo, cincuenta y dos años de cocina y pasiones en el lugar, más de sesenta años cotizados -la Seguridad Social sigue sin enviar la insignia de oro y diamantes-, y casi ochenta y tres de vida en el momento de marcharse a ver cómo se desenvuelve el Mesón desde la planta de arriba…

Se lo pregunto a Mingui, al que, como su hermano Juanan, le toca recoger el testigo. Cuando le llamo en pleno confinamiento hablamos de cosas como que el sueño de su padre, últimamente, era el de ver a Mbappé en el Real Madrid: «Ya me han dicho que parece que podrá ser y que el podrá verlo desde arriba». Y cuando le digo que si está dispuesto a llevar el Mesón durante otro medio siglo, me responde: “¡Ojalá, Dios te oiga! Mira, Jaime: mi padre se llamaba Domingo Gómez Fernández, y yo soy Domingo Gómez Hernández, sólo hay una letra de diferencia». Menudo reto, ¿no?, le digo. Y él: «Pues sí ¿Sabes cómo me siento?  Pues como si me dijeran que tengo que sustituir a Michael Jordan”.

 

17 de Mayo de 2020

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En recuerdo al entrañable Domingo Gómez Fernández, una institución de Collado Villalba, fallecido el 19 de abril de 2020, y como muestra de afecto hacia toda su familia, amigos, vecinos y clientes. Que estas líneas sirvan de estímulo para seguir  haciendo del Mesón un lugar de historias de las que mantienen vivos los pueblos y para observar con más calma la vida que fluye por los sitios que visitamos.

6 comentarios

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  1. Juan Carlos Garrido Velasco

    Impresionante y merecido homenaje a una grandisima e increíble persona siempre te llevare en mi corazón Domingo

    1. Jaime Fresno Ballesteros

      Muchas gracias por leer y comentar, Juan Carlos, es una recompensa que lo valoréis. Domingo era un ser excepcional, sin duda. Saludos

  2. Joder, me he emocionado, Jaime. Pura historia de Collado Villalba…gracias.

    1. Jaime Fresno Ballesteros

      Muchas gracias a ti por seguir siempre estas lecturas, y también por comentar en el mismo blog, es de gran ayuda!!! La proporción es de 1 a 90 ó 100, en relación a facebook y esas cosas. A ver si cuando nos suelten podemos comentar jugadas presencialmente! Un abrazo

  3. Soy un cliente errático del Mesón Domingo. Desde la primera vez que entré y probé el cocido, pude apreciar que aquél sitio, que aquella comida atesoraba mucha historia e historias. Muchas gracias por contarlas, muchas gracias por homenajear a este personaje ilustre que para los que hemos pasado por su casa no nos ha pasado desapercibido.
    !!!!Larga vida al Mesón Casa Domingo!!!!

    1. Jaime Fresno Ballesteros

      ¡Muchas gracias a ti por comentar, Clemente! Me alegro de que percibieses el clima especial del Mesón y de su insigne dueño, además dándole al cocido!

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