De Atocha a Chamartín

Blog de Deportes, Opinión y vivencias personales de Jaime Fresno

Contador en el tiempo del escarabajo

“¿Dónde está Nairo?. No sé nada de su preparación”, se le ocurrió preguntar a Nibali durante el Dauphiné Liberé, hace unas semanas, como sugiriendo que el colombiano habría querido eludir con ello los controles de la carrera francesa, el banco de pruebas ideal para el Tour. Y el colombiano respondió que “entrenando en mi casa”, para después contraatacar: “Hablan de un lugar como Colombia como si se tratara de un país perdido en una selva, lejos de todo y de todos. Hace dos años, también sugirieron que soy un hijo de una familia pobre. Mis padres no son ricos, pero no pobres”, matizó. Días después, Nibali, conciliador, zanjó la polémica: “No quise desacreditar a un país como ha dicho Quintana. Pregunté que dónde estaba entrenándose porque no le habíamos vuelto a ver desde Romandía. No quise provocar polémica y no hubo mala intención. Todos sabíamos qué habíamos hecho los demás, pero no sabíamos nada de él. Quintana es uno de los favoritos, si no el primero para el Tour”.

No deja de ser sintomático que todo un vigente campeón del Tour como el italiano rompa la calma chicha de las declaraciones previas a la gran carrera poniendo en el foco al único de sus tres grandes rivales que no ha ganado el Tour, al más joven con diferencia. Ni Contador, ni Froome; Quintana. En un Tour capaz de reunir a los mejores en grandes vueltas, en un Tour que, al fin, plantea un abanico de posibilidades amplio y de gran calidad, quizá desconocido desde el año 2000, cuando Armstrong se puso a defender su título ante Ullrich y Pantani, resulta que un menudo colombiano es quien ha secuestrado el alma de los románticos del ciclismo, de quienes esperan un Tour para la historia, una carrera capaz de romper los corsés que la han atenazado en las últimas ediciones: Nibali ganó el año pasado sin oposición, con Froome roto por el pavés de Arenberg, y Contador fuera de combate tras una caída de pánico bajando Le Grand Ballon; el Sky, el potentísimo Sky, tiranizó la carrera en 2012 y 2013, con Wiggins y Froome; Evans ganó en 2011 para gloria australiana, pero sin dejar mucho en el catálogo; y Contador ganó ante Andy Schleck en 2010 un Tour cuyo mayor ruido fue su ataque cuando al luxemburgués se le había salido la cadena. Luego, le quitaron el amarillo por el caso clembuterol, un paréntesis que, justo o no, mancha toda esta historia.

Esa secuencia hace que en el fondo los aficionados esperen algo grande y acorde a lo que dice una previa que ha levantado enormes expectativas. Que, por ejemplo, Quintana aporte la magia necesaria para revitalizar una carrera a menudo demasiado previsible. Hace que esperen al Contador de Verbier 2009, ése que enterró definitivamente la carrera deportiva de Lance Armstrong, dejando clavado al americano con un ataque prodigioso; hace, en fin, que se pregunten si el de Pinto, 32 años ya, el más mayor de los aspirantes, cumplirá con su objetivo de emular al Pantani de 1998, ganando el Giro y el Tour. Y, más o menos, todos resumen su expectación en cuatro preguntas, una por aspirante:

¿Logrará el doblete Alberto Contador; será la gran traca final a una carrera de leyenda del de Pinto?; ¿regresará el Chris Froome intratable de 2013?; ¿volará Nairo Quintana en la montañas y será el primer colombiano de amarillo en los Campos Elíseos?; ¿o será Vincenzo Nibali quien despeje las dudas revalidando su victoria, esta vez ante la rivalidad más fuerte posible?

El Tour de Francia 2015 responderá a todas estas preguntas que avivan el fuego del debate que sostienen millones de aficionados, coincidentes en señalar que los cuatro grandes favoritos marcan un escalón superior al resto, aunque no lo sean todo, y menos en una carrera marcada por todos en el calendario, incluida una decena larga de ‘outsiders’, encabezada por los españoles Joaquim ‘Purito’ Rodríguez y Alejandro Valverde, la plévade de franceses; Pinot, Peraud, Bardet, Rolland, quizá Warren Barguil, y Tejay Van Garderen, el americano que obligó a Froome a un despliegue colosal para ganar el Dauphiné…

Sobre el papel, el póker de ases llega a la salida de Utrecht en perfecto estado de revista. Sólo el defensor del título, Nibali, pierde algo de pie respecto al palmarés que han firmado este año sus rivales, dominadores de las principales carreras. El ‘Tiburón de Mesina’ presenta sólo una victoria en 2014, la obtenida hace unos días en el campeonato nacional italiano, pero ya se sabe que eso poco importa en el Tour, y sí una preparación que el italiano describe como calcada a la del año pasado, cuando ganó con enorme superioridad. No deja de llamar la atención observar cómo la enorme calidad de sus rivales resta foco al campeón, cuyas espaldas parecen no soportar toda la presión propia del dorsal número 1. Como Armstrong en 2000, cuando el americano debía enfrentarse por primera vez a Ullrich y Pantani, las apuestas no pagan mucho por su derrota. Es más, le colocan el último de los cuatro. Pero como el tejano, Nibali ha medido al milímetro su preparación en las alturas del Teide y no ha hecho mayores alardes en las carreras. Aparece como el que menos cartuchos ha disparado, por lo que se ve en el resumen de la temporada de los cuatro, y tomará la salida en plena madurez deportiva, con 30 años y un historial apabullante en grandes vueltas. Ha ganado las tres y lleva en ellas ocho podios sobre las nueve participaciones realizadas desde 2010.

La preparación de Nibali, supervisada por Paolo Slongo, lo coloca en Utrecht con nueve días menos de competición que el año pasado, 36 en total, y con unas características que se han revelado tan válidas como las de cualquier favorito, pese a ser quizá el menos potente de los cuatro ases en montaña. Básicamente, el de Mesina es un corredor resistente, al que es difícil ver fallar, capaz de improvisar ataques en los sitios más insospechados. Ha ganado carreras bajando, es bueno contra el reloj y domina un terreno que este año puede volver a tener mucho peso en la carrera: el pavés. El año pasado destrozó el Tour sobre los adoquines de Arenberg con su compañero en el Astana, Jakob Fuglsang, y seguro que en esta edición tiene también marcada la cuarta etapa, en Cambrai, con otra ración de Infierno del Norte.

Fuglsang al margen, la escolta de Nibali la forman Lars Boom (ganador en Arenberg 2014), Andriy Grivko, Dmitriy Gruzdev, Michele Scarponi, Rein Taaraamae, Lieuwe Westra y Tanel Kangert. Atención a este último, un joven estonio que viene de hacer un gran Giro de Italia ayudando en montaña a Fabio Aru y Mikel Landa y, a la vez, firmando la 13ª plaza en la General.  

Visto el campeón de 2014, vayamos con Chris Froome, arrollador en 2013 pero discontinuo desde entonces por las lesiones y las caídas, que le han alejado de aquel nivel. En su última grande, la Vuelta de 2014, fue claramente superado por Alberto Contador, pero existen indicios de que ha afinado desde entonces. Este año ganó la Vuelta Andalucía, por delante del de Pinto, y hace unas semanas se llevó con brillantez el Dauphiné. Su preparación, también centrada en la altitud del Teide, acumula apenas 27 días de competición, el menor número entre los favoritos, un factor que puede jugar a su favor en la extrema dureza de la última semana, donde sus aceleraciones a menudo dinamitan las subidas. Muchos le ven como el gran favorito, aunque otros le bajan a un segundo nivel por el escaso kilometraje contra reloj y la facilidad que han encontrado últimamente sus rivales para cogerle rueda tras sus característicos demarraje tirando de molinillo. Lo que sí está fuera de toda duda es su equipo, el potentísimo Sky, que le ha rodeado de ocho corredores de calidad excepcional: Richie Porte, Geraint Thomas, Peter Kennaugh, Ian Stannard, Luke Rowe, Nicolas Roche, Leopold Konig y Wout Poels.

Frente al poder de los dos últimos ganadores, que ya de por sí garantizarían un interesante Tour de Francia por el choque de estilos, aparecen Contador y Quintana como guardianes de la épica, despertando un interés inusitado por ver cómo se juegan el amarillo en un intercambio de golpes para la leyenda en el Tourmalet o en Alpe d’Huez. El español, con un palmarés ya claramente equiparable al de los más grandes –dos Tours, dos Giros y tres Vueltas, descontada ya la sanción-, busca una demostración para la historia que le permita una retirada apoteósica. Es Contador quien cerró la época pasada derrotando a Evans en 2007, y a Armstrong en 2009; quien pudo con Riccó en su propia salsa del Giro, quien ha seguido ganando en tiempos del Sky, quien se mantiene como hombre a batir en esta nueva época en la que otra generación pide paso. En ese contexto, el esperado duelo con Quintana, siete años más joven, tendría un simbolismo evidente.

La caída y posterior abandono del colombiano en la Vuelta del año pasado, vestido de líder, privó a los aficionados de un mano a mano que ahora esperan ansiosos. Pero algo de ello se ha visto este año: Quintana venció a Contador en la Tirreno Adriático con el memorable ataque bajo la nieve en el Terminillo, mostrando un potencial en montaña que remite a otras épocas; y Contador le devolvió la moneda en la Ruta del Sur, con un acelerón al máximo de riesgo bajando el peligroso Port de Balés. Dijo entonces Nairo, que reaparecía tras dos meses en Colombia y resistió sentado hasta seis ataques subiendo de su rival, que no podía jugársela tanto en el descenso. Ésa será una cuenta pendiente y, a la vez, otra incógnita a despejar en este Tour, donde los descensos van a ser muy importantes.

Alberto Contador no gana en Francia desde 2009, descontada la descalificación de 2010 que condicionó lo que vino después. Su discreto cuarto puesto en 2013 y el abandono por caída del año pasado ejercen de motor de motivación en el de Pinto, como demuestra el ambicioso plan de buscar el doblete, un órdago en toda regla. Ganó el Giro sin vencer en ninguna etapa, pero lo hizo dejando varias exhibiciones en solitario (Mortirolo, Verbania…) y un desfallecimiento en el Finestre que sólo pudo superar a golpe de experiencia y, por qué no decirlo, gracias al caos táctico del Astana, indeciso a la hora de jugar abiertamente la carta de Mikel Landa. Quizá demasiadas energías gastadas, pero he ahí la dificultad del reto. Con el plus del Giro de Italia, llega a Utrecht con 44 días de competición, el que más entre los favoritos.

Tras lucir el rosa en Milán, Contador ha llevado una preparación medida, con descanso y entrenamiento en altura, y ha demostrado mantener después la chispa con su victoria en la Ruta del Sur. Por experiencia, algo tan importante en el Tour, está por encima de sus rivales. Y por ambición y motivación, tampoco pierde, porque se ha citado con la historia. Su equipo, el Tinkoff-Saxo, se presenta con una estrella tan rutilante como Peter Sagan, y le da un gran escolta en montaña, con el polaco Rafal Majka, futuro jefe de filas si no se tuerce. Si a ellos añadimos nombres de muchos quilates como Roman Kreuziger, Michael Rogers, Ivan Basso, Daniele Bennati, Michael Valgren y Matteo Tosatto, parece que el Tinkoff llega en condiciones de no repetir su gatillazo del Giro, donde Contador tuvo que responder en primera persona a todos los ataques del Astana.

Y queda Nairo Quintana, que dispone de 56 puertos de montaña, siete de ellos de categoría especial, para llevar hasta Colombia el primer maillot amarillo en la historia ciclista del país cafetero. Hace un año, tras su brillante victoria en el Giro de Italia, Movistar decidió que todavía no había llegado su momento de afrontar el Tour como jefe de filas. Eusebio Unzúe creó debate con una decisión fácilmente refutable a partir de las excepcionales prestaciones del colombiano de Tunja en el Tour de 2013, cuando debutó subiendo al podio como segundo en la general, y con los maillots de la montaña y del mejor joven. El abandono en la Vuelta 2014 y su no participación en el Giro de este año han ido aplazando lo que el mundo ciclista espera ansioso: comprobar si Quintana gana a los grandes aplicando sus excepcionales características como escalador, con ese estilo impasible que le hace subir sentado sin aparente dificultad, como Lucho Herrera pero sin tanto cabeceo, y una inteligencia fuera de lo común a su edad, que le hace saber cuándo su ataque puede hacer más daño. El futuro parece suyo, pero aún no se sabe qué trozo del presente le pertenece. Es precoz y muy ambicioso, sus declaraciones evitan la falsa modestia y habla a las claras de sus aspiraciones, aunque sea el último en llegar a la súper élite. A diferencia de los demás, prefiere el calor de los suyos para entrenar, en su pueblo, a 2.800 metros de altitud, rodeado de un ecosistema emocional y orográfico ideal para escaladores naturales, como él. En esa faceta todos le temen. Y saben de su inteligencia a la hora de esperar su momento. Así fue cómo asestó su golpe maestro en los Dolomitas para ganar el Giro 2014, así hizo cuando rompió a Froome en la subida a Semnoz, Tour de 2013. Un depredador con rostro inocente que llega a la gran cita con 36 días de carreras y un equipo muy bien seleccionado, con un segundo líder como Alejandro Valverde, actual número 1 UCI, y su compatriota Winner Anacona, una petición suya a los directores para sentirse más seguro en las antesalas de las batallas montañosas. Imanol Erviti, Jonathan Castroviejo, Gorka Izagirre, José Herrada, Adriano Malori y Alex Dowsett, recórdman de la Hora hasta que llegó Wiggins y pulverizó su registro, completan un equipo a la altura de los mejores.

El otro gran espaldarazo a la candidatura del colombiano llega con el recorrido. Pese a la suspensión de la subida al Galibier, a causa de un deslizamiento de tierras que bloqueó la carretera en la zona del túnel de Chambon, y que las autoridades del Departamento de Isère no han podido resolver a tiempo obligando a la organización a incluir un segundo ascenso a la Croix de Fer, el Tour 2015 presenta mucho terreno para un escalador como Quintana, siempre y cuando salga indemne de la peligrosísima primera semana. Deberá empezar limitando daños en la contra reloj inaugural de 14 kilómetros en Utrecht, donde tomará la salida dos horas antes que los demás favoritos y, por tanto, sin referencias. Y después salvar la temida etapa de los adoquines en Cambrai (4ª), además de los finales tipo clásica en el Muro de Huy, final de la Flecha Valona, la etapa de Le Havre, o el Muro de Bretaña, ideales dicho sea de paso, para que Purito Rodríguez se sume al elenco de favoritos.

Después, tras la jornada de descanso que sucede a la crono por equipos de Plumelec (12 de julio), empieza el ‘otro Tour’, el que en realidad mete a Nairo entre los grandes favoritos. Lo hace con el final, bellísimo en paisajes, en la Pierre de Saint Martin, una especie de prolongación del col de Soudet que hará la primera gran selección. La etapa añade a la dureza el amplio margen a sorpresas propio del día después de la jornada de descanso. Y no hay que olvidar que será 14 de julio, fiesta nacional francesa, día marcado por Thibaut Pinot, Jean Cristophe Peraud y Romain Bardet, entre otros miembros del escuadrón galo.

Tras el primer gran final en alto, el bloque pirenaico depara la interesantísima etapa del Toumalet, que se sube por el lado clásico de Sainte Marie de Campan, y se corona a 37 kilómetros de la meta de Cauterets, un puerto muy llevadero. El final de etapa invita a atacar de lejos y aprovechar el rapidísimo descenso del Tourmalet, justo por la vertiente donde Induráin dinamitó el Tour de 1991. Después, en la siguiente etapa espera Plateau de Beille, un clásico final de categoría especial que viene aderezado con dos puertos previos de primera categoría, La Core y Lers.

Completados los Pirineos, no será nada sencilla la transición hasta los Alpes, puesto que la organización ha metido entre medias el Macizo Central, repescando el final en Mende, un segunda categoría corto y duro que en los 90 saltó a la fama por ver defenderse a Induráin de un gran ataque de la ONCE. Ese terreno, tan difícil de controlar por los equipos, se repetirá en Gap, antes de la segunda jornada de descanso. El aperitivo alpino tendrá colocado estratégicamente el col de Manse, a 12 kilómetros de la meta, con un descenso que invitará a marcar diferencias. .

Y después, la traca final, con cuatro días en los Alpes: el primero.es un guiño a la historia de Tour, con final en Pra Loup, el puerto que hundió al gran Eddy Merckx, previo paso por el col d’Allos, que con la ausencia del Galibier pasa a otorgar el premio Henry Desgrange por ser la cima más alta de esta edición (2.250 metros); al día siguiente, esperan 186 kiómetros y siete puertos en el trayecto hasta Saint Jean de Maurienne, con el durísimo Glandon a 39 kilómetros de meta. La etapa encierra una trampa, pues el vertiginoso descenso se rompe con una subida corta y muy dura al Lacets de Montvernier, un segunda categoría que puede deparar sorpresas.

Pero la verdadera dureza llegará en la antepenúltima y penúltima etapa, con dos recorridos para escaladores puros, el ‘territorio Nairo’. La primera será explosiva, de sólo 136 kilómetros, pero con las ascensiones a Chaussy, nada más salir, y una nueva subida al Glandon para enlazar mas arriba con el Col de la Croix de Fer. El Col de Mollard (2ª categoría) y el final en La Toussuire (1ª), rematarán las diferencias que se produzcan. Por si fuera poco el colofón lo pondrá Alpe d’Huez, el final que muchos esperan sea el escenario de una batalla final inolvidable. La dureza de la estación alpina mitiga los efectos de la supresión del Galibier, sustituido por la vertiente más llevadera de la Croix de Fer. Será el recorrido que acabe de coronar al campeón, un día antes de los Campos Elíseos.

La última semana, sin tregua, propia del Giro de Italia, decidirá el ganador. Su dureza podría jugar en contra de Contador, por el esfuerzo ya acumulado, y ser la gran baza de sus rivales, más frescos sobre el papel. Todos ellos han medido la preparación con una planificación de temporada menos ambiciosa y la han dirigido a rendir precisamente ahí.

Pero el Tour, por fortuna, no es sólo matemáticas, aunque en los últimos años así lo haya parecido. Y el menos matemático de todos, Contador aparte, es Quintana. En cierto modo, el futuro es suyo, pero también el presente, como cabeza de una nueva generación de colombianos que remite a los 80, cuando Lucho Herrera, Fabio Parra, Pacho Rodríguez… Precoz y ambicioso, Nairo lidera una generación que en el Tour se va a presentar con otros nombres de gran nivel, como Rigoberto Urán, Julián Arredondo, Jarlinson Pantano o Winner Anacona, el escudero del líder del Movistar.

Parece tiempo de escarabajos, y el más grande es un muchacho de 25 años de Tunja, que subía y bajaba en bicicleta hacia el colegio Alejandro de Humboldt por un puerto descomunal de 16 kilómetros, día sí y día también. Ese chico, hijo de campesinos, iniciado en el ciclismo en la Escuela Santiago de Tunja, es Nairo Alexander Quintana Rojas . Y Contador se ha empeñado en invadir su época, en seguir siendo el mejor en tiempo de ‘Naironman’, como dicen en Colombia al gran escarabajo.

No digáis que no es apasionante.

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